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EL ARTE DE LA MEDITACIÓN

LA MENTE INESTABLE

A la inestabilidad de la mente le llamamos “mente de mono o mente saltarina”. Se trata de esa corriente de consciencia que salta de una cosa a otra, como mismo un mono salta de rama en rama. Incluso durante la concentración, la mente a menudo se desvía hacia lo que tenemos que hacer el próximo fin de semana, o hacia el problema que debemos encarar mañana.

Sin embargo, por medio de la meditación, nosotros podemos controlar la actividad de esa mente saltarina y lograr un estado de quietud interna que es esencial para nuestro crecimiento espiritual.

UN CENTRO INTERNO DE PAZ

A medida que aumentan las presiones externas, muchas personas recurren a la meditación como un primer paso hacia una vida más calmada, con mayor claridad mental y, más importante aún, que les permita un contacto directo con esa fuente interna de fortaleza y paz.

En esta búsqueda espiritual, no podemos perder de vista que se trata de una búsqueda interna. Porque así como en el océano hay silenciosas profundidades jamás tocadas por la agitación de la superficie, lo mismo ocurre dentro de cada corazón humano. En esas profundidades –que es donde yace el verdadero centro y la fuente de cuanto somos– residen la quietud, la paz y la belleza. Es más, podemos tener acceso a ese centro interno por medio de la meditación.

La conciencia enfocada en esas profundidades puede liberar el potencial divino, que es la verdadera naturaleza espiritual dentro de cada persona. Pero la mayoría de nosotros, enredados con las demandas y responsabilidades de la vida cotidiana, inconscientemente nos cerramos a esos impulsos sutiles que fluyen desde nuestra naturaleza espiritual.

Es una ley natural que nuestros apegos y constantes ocupaciones –nuestros temores, deseos hábitos, dudas y prejuicios– limiten seriamente cuanto podemos recibir. Por medio de la meditación podemos eliminar esos obstáculos y abrir la puerta hacia esos niveles espirituales de conciencia. Entonces la creatividad y la inspiración fluyen en nuestras vidas, reduciendo la urgencia de nuestros problemas y permitiéndonos expresar amor y paz en cuanto hacemos.

La meditación es un estado de quietud perfecta –silencio de cuerpo, palabra y mente. Para encontrar quietud mental, tenemos que aprender el delicado arte de permitir que nuestras acciones, pensamientos y sentimientos existan, pero no nos controlen. No podemos alcanzar la quietud mental por la fuerza, pero sí podemos retirar nuestra conciencia de esa impaciencia. La meditación es nuestro estado natural más profundo –nuestra conciencia pura–, que experimentamos cuando cesan las ocupaciones de la mente. Es difícil para nosotros porque no estamos habituados a la quietud interna.

UNA CIENCIA DE SIGLOS DE ANTIGÜEDAD

La meditación ha sido el foco central de la mayoría de las tradiciones espirituales, pero debido a que ésta se realiza en silencio y soledad, es menos conocida que otras prácticas más sociales, como los sermones o los cánticos. No obstante, actualmente aún tenemos a nuestro alcance las precisas instrucciones sobre el arte de meditar que fueron descritas hace miles de años por Patanjali, un sabio de la India. Él comienza confiriéndole una gran importancia a la necesidad de llevar una vida pura, que no esté basada en la codicia ni la sensualidad, sino en la inocencia, la veracidad, la simplicidad y la alegría.

La primera recomendación de Patanjali para quienes meditan es impedir o disminuir “las variaciones de la mente” (la mente “saltarina”), para detener su identificación o respuesta a los estímulos. Luego expone los cuatro pasos necesarios para dominar el arte de la meditación.

La Observación (Conciencia). Observar sin dividir la atención desarrolla la conciencia o la capacidad de observar con suma atención, algo esencial en la meditación. Tenemos que ser conscientes de lo que hay detrás de nuestros pensamientos y sentimientos, para tratar de actuar cada vez más desde ese centro de quietud que es nuestro verdadero ser. A medida que hacemos esto, nos vamos dando cuenta de que el proceso esencial de la meditación no difiere en sí del arte de vivir.

La Concentración. La concentración es necesaria para disciplinar esa “mente saltarina”. Tenemos que aprender a mantener la mente fija en un objeto, una idea, o una figura reverenciada, y traerla de nuevo al foco de nuestra atención cuando se nos escape. La mente trata de tomar control, pero al observar cuidadosamente nuestro proceso de pensamiento podemos asegurarnos de que somos nosotros, y no la mente, quienes determinamos el contenido y la actividad de nuestra conciencia.

La Meditación. La meditación comienza propiamente cuando el pensamiento activo cesa y uno se da cuenta del significado interno de aquéllo sobre lo cual medita. Es como ir desde un punto determinado hacia uno sin referencia alguna, y experimentar entonces la totalidad.

La Contemplación. En esta etapa final, quien medita se une al objeto de su meditación. Esto provoca una expansión de consciencia capaz de elevarnos desde nuestro pequeño ego, hacia ese Ser superior. Ya no existe el “yo” ni el “éso” sobre lo cual se medita; solamente existe la Realidad Única.

CÓMO MEDITAR

Cada persona tiene su propia forma de meditar, pero las técnicas generales que damos a continuación son comunes a todos los métodos tradicionales.

  1. Medite regularmente, preferentemente todos los días y a la misma hora, en un lugar privado.

  2. Siéntese en una posición cómoda, con la columna vertebral recta.

  3. Relaje todos sus músculos. Unas cuantas respiraciones profundas lo ayudarán a relajarse.

  4. Deliberadamente, retire su atención de todo estímulo exterior.

  5. Concéntrese y comience a irradiar hacia el exterior esa paz que siente dentro de sí.

  6. Comience por meditar unos 5 ó 10 minutos solamente, y vaya aumentando gradualmente el tiempo que permanece en silencio.

  7. Espere unos minutos para regresar lentamente a su estado normal de conciencia.

A continuación le damos algunas técnicas adicionales usadas por quienes meditan para aquietar su mente.

  1. La Concentración en la Respiración. Fije su atención en el movimiento de la respiración, sin contar las inhalaciones ni tratar de modificarlas. Déjela fluir en forma natural y enfoque su atención en el ritmo de la respiración al inhalar y exhalar.

  2. La Utilización de Mantras. Los mantras son palabras con cualidades vibratorias y asociativas especiales, que conducen hacia un estado meditativo. Con la misma efectividad, un cristiano puede repetir el nombre de “Jesús” o un hindú cantar el de “Krishna”.

  3. La Concentración en un Objeto o una Idea. Un símbolo o una expresión tal como “Yo soy uno con la Divinidad”, puede usarse como foco de atención al comienzo de la meditación.

  4. Poner “la mente en blanco”. Muchas de las personas que meditan tratan de vaciar su mente de contenido, “dejarla en blanco” o aquietar su actividad, sabiendo que si lo logran puede producirse una expansión de conciencia.

EL PROPÓSITO DE LA MEDITACIÓN

Investigadores modernos han hallado que los estados de meditación profunda ejercen un poderoso efecto sobre la actividad del cerebro, alterando incluso su funcionamiento, y permitiendo que quienes practican la meditación con seriedad logren distintos niveles de conciencia.

Algunas personas piensan que para que una meditación sea exitosa, ésta tiene que ir acompañada por algún fenómeno astral –como ver formas o colores, escuchar ciertos sonidos, o tener sensaciones desusuales– y que si esto no les ocurre, su meditación fue un fracaso. Pero estas manifestaciones triviales no constituyen éxito alguno. De hecho, más bien son un obstáculo porque distraen la atención de las realidades internas para enfocarla en fenómenos superficiales.

Quienes comienzan a meditar muchas veces se preocupan de que su práctica no esté dando resultados, pero algunas veces tienen más éxito de lo que se imaginan. Con frecuencia quienes están a su alrededor notan un cambio en ellos, tienen más paciencia, son más comprensivos y tienen más paz interna.

El propósito de la meditación, sin embargo, es el mismo que el del yoga –permitir que el ego individual experimente la grandeza del Yo Superior, esa Unidad de la Vida que llamamos Dios o Naturaleza.

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(En inglés)